En ocasiones me ocurre que llevo a la vez la lectura de dos libros, uno lo tengo en la salita y otro en el dormitorio, y los voy leyendo a ratos, y por casualidad los últimos que he compaginado han sido dos novelas distópicas, una publicada en el 2020 “Emilio y Octubre” de David Uclés y la otra, un clásico de este subgénero de ciencia-ficción “1984” de George Orwell, escrita en 1947, y cómo sucede con este tipo de lectura me invitaron ambas a la reflexión sobre la posible deriva en nuestra vida que pueda tener, para mal siempre, cuestiones como el cambio climático, o el control que puedan ejercer sobre los individuos los gobiernos totalitarios o el uso interesado de las nuevas tecnologías.
El poso que me dejó la lectura de estas novelas hizo que hace unos días tuviese la sensación de ser protagonista de una distopia en tiempo real, por un momento dudé si era ficción o realidad ese momento en el que nuestros gobernantes de España y Europa recomendaban que, en previsión de alguna catástrofe, hiciéramos acopio de comida no perecedera, agua, hornillo de gas, baterías, linternas, radio a pilas, de aquello necesario para sobrevivir al menos 72 horas, y que al mismo tiempo tuviéramos prevista una mochila para salir corriendo en la que incluyéramos dinero en efectivo, documentos identificativos, escrituras de la casa, medicamentos y no sé qué más cosas imprescindibles para marcharnos, ignoro si a un refugio antinuclear, a mitad del campo, a otra ciudad, país o isla desierta, porque se me ocurrió pensar, en medio de la confusión, en aquella pregunta inocente que se hace en algunas entrevistas frívolas sobre lo qué te llevarías a una isla desierta, a la que debes llevar, supongo, lo importante para ti, y yo en tal caso me llevaría un libro, o dos, que bien pudieran ser los dos que he leído de David Uclés, “La península de las casas vacías” y el citado anteriormente porque están bellamente escritos y me han pedido relectura, por lo que sospecho que cada vez que los lea pueda descubrir en ellos cosas nuevas, mantenerme interesada y a veces en vilo. Si hay tiempo en esa huida a algún sitio, no me voy a aburrir con ellos.
Recapacitando creo que solo me llevaría “La península de las casas vacías” porque el interés por “Emilio y Octubre”, es porque me garantizaba tres lecturas distintas, si añado al simple placer de leer, el de admirar las más de 100 obras pictóricas que transitan por el argumento o el de escuchar la treintena de piezas musicales recomendadas a lo largo de la historia, pero para estas “lecturas” serían necesarias herramientas interactivas para las que necesitaría suministro eléctrico e internet, que igual no existen en una isla desierta.
Escribo esto en la tarde plomiza de un día bautizado como de la liberación, y que para la mayoría de gente parece el día de inicio de un nuevo capítulo de esa novela distópica que se cierne sobre el mundo en vivo y en directo, donde hay varios personajes merecedores del título de villanos (lo mismo da que se llamen Trump, Putin o Netanyahu), que aprovechándose de sus puestos preeminentes, dicen hacer aquello tan viejo de todo por el pueblo (América, Rusia o Israel first), aunque sin el pueblo, y para ello no les importa arrasar con todo, algunos hasta cometer genocidio o invadir territorios, otros nos parecen torpes, pero son más listos que el hambre, y cada paso que dan está medido para perpetuarse en el poder y seguir siendo los privilegiados ricos, porque como casi siempre al mundo lo sigue moviendo el dinero. Al garete el sueño quijotesco de un mundo que se mueve por el amor o la justicia, de una humanidad altruista que pueda alcanzar la utopía de un mundo mejor.
Confieso una secreta esperanza porque se cumpla aquello que dicen que una crisis es un semillero de oportunidades, y a partir de una posible recesión nos volvamos menos consumistas, más solidarios y empáticos, que nos importen los otros y salgamos reforzados como personas.
Por lo pronto con estas disquisiciones he terminado de decidir el otro libro que pondré en mi mochila de salvamento, un clásico que nunca falla y me garantiza incontables lecturas, “El Quijote” de Miguel de Cervantes, que contra distopía, utopía.