Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

Cuando leer es un castigo

Poder leer es uno de los mayores regalos que recibimos como personas y una actividad que nos hace dedicar miles de horas desde etapas muy tempranas, ya que constituye una de las principales herramientas para recibir y transmitir información entre los seres humanos, además de poder acumularla muy eficazmente. A través de la lectura compartimos conceptos e ideas no presentes en ese momento. Esta habilidad facilita nuestro desarrollo como personas y como profesionales, pero también nos hace disfrutar como niños hasta mucho tiempo después de haber superado la infancia.

Pocos momentos recordaré con tanta ilusión como los que dedicaba leyendo a Mortadelo y Filemón, Asterix, Spiderman, Superlópez o Zipi y Zape, formando una fabulosa constelación de amigos de papel. Más tarde, éstos fueron sustituidos por otros personajes de Julio Verne, de la familia Hollister, de Los Cinco, creaciones de Michael Ende… y estos, a su vez, dieron paso a otros muchos que me han ido acompañando en una fascinante aventura de tinta y celulosa.

Si, al llegar a este párrafo, usted no ha sentido un pellizco en el estómago, permítame la tristeza. No sabe lo que se ha perdido y, probablemente, no haya sido culpa suya, sino de los que le rodearon en sus primeros años, porque no quisieron o no supieron transmitirle que la lectura sólo debe producir satisfacción. Eso sí, respetando los tiempos del desarrollo evolutivo de cada ser humano, como en un juego en el que no hay prisas.

Volviendo a nuestros días,  compruebo con desazón cómo existe cada vez mayor presión para que nuestros hijos aprendan a leer lo antes posible, incluso cuando no tienen la suficiente madurez, en la etapa de Educación Infantil.

Como en otras áreas, damos demasiado valor a la precocidad en el aprendizaje. Se nos muestran como extraordinarias y loables las historias de deportistas, músicos y otros artistas que fueron muy adelantados en sus respectivas disciplinas. Hay una práctica unanimidad ante la máxima de que cuanto antes se empiece, mejor y extrapolamos esta creencia a cualquier habilidad, incluidos el  lenguaje verbal y el escrito.

Casi a diario, observo, por ejemplo, la angustia de madres que refieren que su hija o hijo pequeño no habla tan bien como el vecino de rellano o la prima que los visita. Poco efecto suele tener intentar tranquilizar con el argumento de que el desarrollo evolutivo es variable y que adquirir antes un determinado repertorio expresivo no garantiza un mejor desarrollo del lenguaje en etapas posteriores, lo mismo que retrasos leves tampoco nos pueden llevar al diagnóstico de un trastorno. Los profesionales repetimos hasta la saciedad que pequeñas variaciones sólo demuestran lo imprevisible de la maduración en el ser humano en los primeros años de vida. Es inútil intentar convencer de esto a un padre o una madre cuyo hijo de tres años se comunica con menos fluidez que los hijos e hijas de familiares de similar edad.

Pero no neguemos lo evidente: el desarrollo no es lineal ni constante. Los niños no adquieren todos los aprendizajes en el mismo momento que sus compañeros. Cierto es que existen hitos o indicadores que nos orientan para saber si un alumno se desarrolla adecuadamente, pero, en los primeros años, estos indicadores no dejan de ser orientativos.

Si preocupante es el desarrollo del lenguaje verbal, qué decir de la angustia y el dolor de una familia cuando, llegada la educación primaria, la maestra les dice que su hijo no arranca a leer. Ningún otro tópico me ha llevado más horas de entrevistas con profesorado y familias, pero nunca he dudado de lo que le voy a enfatizar a continuación: Leer no puede ser un castigo. Leer sólo debe traer placer y alegría por poder adquirir conocimientos, por sentirnos más libres y poderosos y, cómo olvidarlo, por poder vivir momentos de creatividad y de expansión personal describiendo imágenes no presentes, admirando la belleza que hay en la curiosa combinación de las palabras.

Si precipitamos el aprendizaje cuando el niño o la niña no están preparados, sólo provocaremos frustración, angustia,  sentimientos de inferioridad… y mucho sufrimiento en la familia, por no hablar de errores que más tarde nos exigirán muchas horas de ejercicios para corregirlos. Lamentablemente, cada vez es mayor la presión social por iniciar el aprendizaje sistemático de la lectoescritura en etapas en las que no corresponde hacerlo, provocando verdaderos problemas entre el profesorado y el alumnado.

¡Por supuesto que hay niños y niñas que pueden aprender a leer antes de los cuatro años!, lo mismo que hay concertistas de piano a los seis, pero ello no puede llevarnos a tomarlo como una generalidad. En ningún caso podemos pretender que todos entren a primero de educación primaria leyendo perfectamente. Antes, debemos propiciar la consecución de habilidades pre-requisitas para la lectura y la escritura, como el desarrollo de la grafomotricidad, la lateralidad y el esquema corporal en la educación infantil -Etapa, por cierto, no obligatoria en nuestro país, aunque altamente recomendable-, pero si éstas no se han alcanzado mínimamente, introducir el  aprendizaje sistemático de la lectoescritura puede producir más daño que beneficio. Como resultado de este error, observamos a niños y niñas que se refieren al acto de leer como una experiencia desagradable, tediosa, como una actividad escolar rutinaria, obligatoria, difícil… y que etiqueta negativamente frente a otros compañeros. Un verdadero castigo.

Hágame y hágale un favor: No convierta a su hijo en un detractor de la lectura desde los cinco o seis años. Si usted es como yo, habrá comprobado lo que puede producir un buen libro y el vínculo que se obtiene con su biblioteca particular. Por tanto, haga que su hijo vea el libro como un amigo, como un compañero infinito de viajes y emociones y, por supuesto, respete sus ritmos y maduración natural. Comience llevándolo a la biblioteca  para disfrutar de libros y materiales manipulativos, léale cuentos, historias  -y, de paso, disfrute del tiempo que puede pasar con él, ese que no volverá y que echará de menos dentro de unos años-, propicie el contacto lúdico con las historias, sean de tela, de papel, troqueladas con dibujos -e incluso sólo con dibujos desde la edad temprana-… Pero si algún conocido entra en su hogar e intenta incomodarle con la idea de que en su casa a los cinco años ya se habían leído media Biblioteca Nacional, felicítelo por la hipérbole, sígale la corriente y vuelva al cuarto con su hija, juegue con sus personajes infantiles favoritos y déjela disfrutar de sus tebeos y sus cuentos, aunque sólo sea mirando imágenes y disfrutando del libro por el siempre hecho de tenerlo en las manos. Quizá no lo recuerde, pero eso era lo que usted y yo hacíamos a esa edad, aunque algunos intenten convencernos de que lo normal es nacer leyendo.